Cazando en el zoológico

¿Cuándo fue que los cristianos decidimos que el evangelio debía predicarse solo dentro de cuatro paredes, en un lugar que denominamos templo, al que asisten mayormente personas que ya creen? ¿Cuándo fue que aceptamos que nuestra vida diaria es un asunto secundario, desconectado de nuestra fe?

¿Quién nos convenció de que amontonar gente en los templos es lo mismo que hacer discípulos?

Convengamos lo siguiente: Jesús no fundó una religión centrada en una interminable sucesión de cultos. Tampoco estableció un sistema para mantener a las ovejas encerradas, engordándolas semana tras semana con discursos repetitivos, muchas veces vacíos de contenido.

Jesús salió a la calle. Caminó entre la gente. Se metió en la vida real de las personas. Habló con pecadores, prostitutas, indeseables, fariseos, enfermos, incrédulos, desesperados. Lloró con ellos. Los confrontó, y también los amó.

No los invitó nunca, a “asistir a infinidad de ruidosas reuniones”; los llamó a seguirlo, a imitarlo, a vivir como Él vivía.

Su mandato no admite reinterpretaciones cómodas ni relajadas:

“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones” Mateo 28:19.

No dijo: “llenen los templos de gente. No dijo: “organicen cultos atractivos”. Tampoco dijo: “construyan templos imponentes”. Dijo: “vayan y hagan discípulos”

Sinónimos de vayan: marchen, caminen, partan, anden, visiten y otros. No nos llamó a cazar en el zoológico.

El Nuevo Testamento no conoce el concepto de cristiano espectador pasivo. Pablo lo expresa con crudeza:

“Presentad vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; que es vuestro culto racional” Romanos 12:1

El culto no es el evento más importante de la vida espiritual del creyente, de ninguna manera. ¿De dónde salió semejante concepto? ¿Quién dijo que a cuantos más cultos asistamos, o que cuanto más larga sea la reunión somos más santos? ¿O que cuanto más ruido hagamos, más lejos llega nuestra adoración? ¿Acaso Dios es sordo?

“Los verdaderos adoradores adoran en espíritu y en verdad” Juan 4:23-24

El culto a nuestro Dios es nuestra VIDA ENTERA, donde el culto es importante, pero es solo una pequeña parte.

El cristianismo evangélico ha creado una industria espiritual donde se suelen engordar creyentes con largos sermones, música, infinidad de actividades, programas. Mucho contenido, poca obediencia. Mucho bla bla bla, pero poca transformación. Mucho entusiasmo religioso, pero poca santidad práctica. Cristianos obesos de información superficial, pero anémicos de carácter.

Nuestros hermanos católicos romanos no se quedan atrás con estos dislates, por supuesto.

Es cierto que las multitudes son funcionales. Dan prestigio, poder, dinero, influencia institucional, alimentan nuestro ego. Pero Jesús nunca se dejó seducir por las multitudes.

Cuando la gente buscaba pan y circo, los confrontó con verdad, aunque eso vaciara el auditorio. La religión institucional y vacía prefiere masas dóciles, fáciles de manipular. Cristo busca discípulos radicales.

El discipulado real es incómodo. Implica estudio sistemático de las escrituras, arrepentimiento, cambio de hábitos, sacrificio, testimonio público, identificación del pecado, obediencia. El discipulado, no llena estadios… transforma vidas. Muchas iglesias prefieren entretener a la gente antes que discipularla, es más fácil y taquillero.

Jesús dejó una marca inconfundible del verdadero discipulado:

“En esto conocerán todos que son mis discípulos, si tuvieran amor los unos con los otros” (Juan 13:35).

Ese amor no se demuestra vociferando o saltando en cultos indescriptibles, sino viviendo distinto en un mundo corrupto. En los negocios, en la política, en la sexualidad, en el matrimonio, en la familia, en el trato al prójimo, en hablar con la verdad.

El cristianismo domesticado, es cómodo, respetable y culturalmente aceptable, pero el cristianismo bíblico es una amenaza al ego humano, y a la religiosidad vacía. Por eso muchos prefieren cazar en el zoológico: es seguro, controlado, predecible ¡Ya están amaestrados!

En realidad, el problema no es el templo ni sus cultos. El problema es cuando el templo se convierte en excusa para no vivir el evangelio afuera, en la calle.

El problema es cuando el culto sustituye la obediencia, cuando la asistencia a los cultos e infinidad de reuniones, reemplaza el discipulado. Cuando la fe se reduce a una subcultura religiosa desconectada de la vida real, cuando no leemos los diarios para ver qué sucede a nuestro alrededor.

Mientras sigamos cazando en el zoológico, el mundo seguirá sin ver a Cristo. Verá religión, verá instituciones, verá discursos… pero no verá discípulos que vivan como Jesús. Y sin discípulos visibles, el evangelio se vuelve ruido religioso.

La pregunta que siempre me hago es repetitiva e incómoda, pero inevitable ¿Estamos haciendo discípulos o acumulando gente en los templos? ¿Estamos formando cristianos que viven como sacrificios vivos o consumidores espirituales satisfechos? ¿Seguimos a Cristo o solo administramos una religión?

Porque el día que cada creyente entienda que su vida es el púlpito, y su entorno el campo misionero, el cristianismo dejará de ser un zoológico religioso y volverá a ser una fuerza que transforme al mundo.

Juan Alberto Soraire

Un cristiano del montón