Cuando la cruz no basta / La teología del mérito.
Uno de los hechos más llamativos del cristianismo contemporáneo es que cristianos católicos y protestantes comparten la misma Biblia, y sin embargo manifiestan una comprensión profundamente distinta de la salvación.
La diferencia no reside en la inspiración del texto sagrado ni en la figura central de Jesucristo, sino en dónde se deposita finalmente la confianza del creyente para su salvación:
1) En la obra consumada de Cristo. Salvos por gracia.
2) En una combinación de gracia, méritos personales y mediaciones eclesiásticas.
La Biblia es clara al afirmar que la salvación tiene su origen exclusivamente en Dios. El apóstol Pablo lo expresa sin ambigüedades:
“Porque por gracia (un regalo inmerecido) sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios, no por obras, para que nadie se gloríe” Efesios 2:8–9
Aquí no hay margen para interpretaciones sincréticas. “La salvación es un don, no una recompensa”
Sin embargo, a lo largo de la historia, la teología católica desarrolló un marco doctrinal en el cual la gracia inicial de Dios, debe ser completada, sostenida o incrementada mediante obras, sacramentos y méritos personales.
Aunque se afirma que todo comienza por gracia, en la práctica la salvación se convierte en un proceso incierto, dependiente del desempeño humano.
El problema no es menor, porque afecta directamente a la certeza de la salvación, algo que el Nuevo Testamento presenta como una realidad posible y deseable. Juan escribe a los creyentes:
“Estas cosas les he escrito a ustedes que creen en el nombre del Hijo de Dios, para que sepan que tienen vida eterna” 1 Juan 5:13
La Escritura no presenta la seguridad como presunción, sino como fruto de la fe en Cristo.
Cuando esta certeza se debilita o se niega, el creyente queda inevitablemente obligado a mirarse a sí mismo en el espejo: sus obras, su fidelidad, su perseverancia, su cumplimiento religioso, etc.
Así, la confianza se desplaza de Cristo al esfuerzo personal.
Otro punto decisivo es la doctrina de la justificación. Pablo enseña que la justificación es un acto jurídico y definitivo de Dios, no es un proceso gradual:
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” Romanos 5:1
“Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” Romanos 3:28
Aquí la paz con Dios no es futura ni condicional: es una realidad presente. Fin.
En contraste, cuando la justificación se entiende como algo que puede perderse, recuperarse y aumentarse, el creyente vive en una permanente incertidumbre espiritual.
El resultado no suele ser una vida santa nacida del amor, sino una religiosidad marcada por el temor.
A menudo se apela a Santiago para equilibrar o incluso corregir a Pablo:
“La fe, si no tiene obras, está muerta” Santiago 2:17
Pero Santiago no enseña que las obras justifican ante Dios, sino que evidencian la fe genuina ante los hombres. Pablo mismo coincide plenamente:
“Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras” Efesios 2:10
Las obras no son la raíz de la salvación, sino su fruto inevitable. Cuando se invierte este orden, la fe deja de descansar y comienza a esforzarse por sobrevivir.
Debe decirse, que la confianza en los méritos personales no suele nacer de la soberbia, sino de la inseguridad espiritual.
El sistema religioso que no permite descansar plenamente en Cristo, produce creyentes sinceros, devotos y disciplinados, pero, raramente libres. Pablo describe esta condición con claridad:
“Ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios” Romanos 10:3
El evangelio bíblico hiere el orgullo humano, porque excluye toda jactancia:
“¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida” Romanos 3:27
Aceptar una gracia absolutamente suficiente implica reconocer que nada podemos añadir a la obra de Cristo. Por eso la cruz sigue siendo escandalosa incluso dentro del cristianismo religioso.
Esta reflexión no pretende juzgar corazones ni negar la sinceridad de millones de católicos que aman a Dios. La cuestión es doctrinal y pastoral: ¿Es Cristo suficiente o no lo es? ¿Qué estamos predicando?
Si algo más que la muerte de Cristo en la cruz es necesario para asegurar la salvación, aunque sea mínimamente, entonces la confianza ya no está puesta exclusivamente en Él.
La Escritura concluye con una invitación clara:
“El que cree en el Hijo tiene vida eterna” Juan 3:36
No dice “tendrá si persevera lo suficiente”, sino “tiene”.
Cuando esta verdad es plenamente abrazada por el creyente, la obediencia deja de ser un intento de salvación y se transforma en una respuesta agradecida.
Allí, finalmente, el alma descansa.
Juan Alberto Soraire
Un cristiano del montón