Dogmatismo espurio
Una de las definiciones más certeras, y provocadoras, de dogmatismo espurio dice así: “Un cristiano dogmático es aquel que cree en la Biblia de tapa a tapa, sin siquiera abrirla”.
También es dogmático, aquel que le hace decir a la Escritura lo que ya cree de antemano y peor aún, cuando selecciona solo la mitad de lo que La Biblia afirma. Todos sabemos que una verdad a medias no es verdad, sino una mentira disfrazada.
Un ejemplo sencillo ayuda a entenderlo. ¿Alguna vez se han cruzado con un cristiano católico honesto que crea firmemente en el Purgatorio? Basta con preguntarle: “¿En qué parte de la Biblia dice eso?”. Lo más probable es que ni siquiera posea una Biblia.
Sin embargo, para él, el Purgatorio es una verdad absoluta e incuestionable. Alguien, se lo presentó como una doctrina bíblica, cuando no lo es.
Ahora bien, los cristianos evangélicos no nos quedamos atrás. Muchos de nosotros creemos, predicamos y defendemos dogmáticamente asuntos que la Biblia no menciona, o que menciona de manera muy distinta a como los presentamos.
El problema aparece cuando extendemos nuestro dogmatismo espurio más allá de lo cultural o circunstancial y lo trasladamos al terreno doctrinal.
En no pocos casos, este dogmatismo adulterado invade el corazón mismo del evangelio, intentando transformar en doctrina salvífica aquello que jamás lo fue.
En el caso particular del cristianismo evangélico, se absolutizan prácticas, dones y experiencias espirituales particulares, presentándolas como condición necesaria para una fe auténtica. El resultado es patético, se añade al evangelio lo que Dios nunca añadió.
El apóstol Pablo nos advierte en Gálatas 1:6-9, que existe un solo evangelio, y que todo intento de complementarlo constituye una perversión del mismo”
“…están apartándose de Dios…siguiendo un evangelio diferente”
Muchos cristianos insisten en medir la salvación y la relación personal con Dios, no por la obra consumada de Cristo, sino por la presencia de determinadas “manifestaciones espirituales” en el creyente.
Es el caso de hablar en lenguas, caerse por los suelos, profecías incomprobables, sanidades exacerbadas, risas y temblores incontrolables y cosas por el estilo.
Estas cuestiones están lejos de ocupar un lugar central en el plan de Dios para la salvación del hombre.
La Escritura es clara y contundente: “la salvación es por gracia, mediante la fe, y no por obras, experiencias ni señales visibles” Efesios 2:8–9.
Confundir los dones del Espíritu con las credenciales de la salvación no es un error secundario, es desplazar el fundamento mismo del evangelio.
Pablo, escribiendo precisamente a una iglesia fascinada por lo extraordinario, corrige esta distorsión al recordar que no todos hablan en lenguas, no todos poseen los mismos dones, y que el Espíritu reparte a cada uno en particular como Él quiere.
“Solo él decide que don cada uno debe tener” 1 Corintios 12:11
Insistir en que todos deben manifestar lo mismo equivale a imponer un molde humano cuando Dios estableció una diversidad soberana.
Se juzga la fe ajena no por su fe en la obra redentora del Hijo, sino por su adecuación a un determinado sistema doctrinal o experiencial.
Pero el Reino de Dios no consiste en exhibiciones espirituales, sino en “…justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo” Romanos 14:17
Una vez más, se va más allá de lo que está escrito, añadiendo cargas que el evangelio nunca impuso y requisitos que Cristo jamás demandó. Y al hacerlo, no solo distorsionamos la doctrina, sino que socavamos la suficiencia de la cruz.
Porque cuando algo se suma a Cristo como condición para la salvación, Cristo deja de ser suficiente.
“No permitas que nadie los atrape con filosofías huecas y disparates elocuentes…” Colosenses 2:8
La pregunta, es entonces, ineludible y profundamente personal:
¿En qué descansa realmente tu confianza para la salvación? ¿En la obra perfecta y suficiente de Cristo, o en un sistema de creencias heredadas, prácticas religiosas, experiencias espirituales o méritos acumulados?
Porque tarde o temprano, toda fe será probada, y ese día no se evaluarán nuestras tradiciones ni nuestras vivencias, “sino el fundamento sobre el cual edificamos” 1 Corintios 3:11–13
Tanto el cristianismo católico como el evangélico caen en el mismo error: sustituir la autoridad de la Escritura por la autoridad de la costumbre, y la gracia por el desempeño religioso.
Jesús mismo confrontó a los religiosos de su tiempo con palabras duras y sin matices: “Invalidan la palabra de Dios por causa de su tradición” Marcos 7:13.
El problema no es la falta de fervor, sino el objeto de ese fervor.
Al final del camino, no compareceremos ante Dios con nuestras doctrinas favoritas, nuestros sacramentos, nuestros dones o nuestras experiencias, sino con Cristo o sin Él.
Y si Cristo no es suficiente, nada lo será.
“Porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en que podamos ser salvos” Hechos 4:12.
Juan Alberto Soraire
Un cristiano del montón